¿Cristiano a medias?

16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios. Juan 3:16-21

 

Constantemente me preguntaba por qué muchos quienes se llaman a sí mismos cristianos viven de maneras tan pecaminosas. Es una pregunta que, aunque parece sencilla de responder causa confusión a quien intenta hacerlo. Personalmente, me duele entender la magnitud de esta incógnita.

 

Resulta, que muchos continúan viviendo vidas desordenadas, inmorales, con dobles intenciones y pecaminosas aun queriendo llamarse cristianos. Muchos incluso parecen tener dos etapas: la primera en la que aman intensamente a Dios y lo quieren en su vida y, la segunda en la que deciden vivir sus vidas en la manera en la que a su carne le place. Sin duda, no es sencillo vivir una vida perfecta, pero no imposible.

 

Quienes viven de esta forma, amando al mundo y lo que este ofrece, no han logrado comprender lo que Cristo hizo en la cruz. Dar su vida por nosotros fue el acto de amor más grande que puede haber. Y, sin embargo, muchos se dan el lujo de saber que Cristo les dio la salvación por gracia y aun así continúan volviendo a su viejo yo.

 

Debemos ser conscientes que no podemos servir a dos amos, o somos de Cristo o del mundo. Solamente cuando se llega a comprender la magnitud del regalo que recibimos, todo lo que comprende y entendemos que obramos por amor a él y no por obligación, entonces dejamos de vivir como lo que éramos. Ya que no seguimos a Cristo por evitar la condena, sino por el amor y gracia; y porque siendo transformados nuevas criaturas somos, buscamos a Cristo y no lo que busca la carne.

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