¿Conoces el Amor?

1Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada! Si no tengo amor, de nada me sirve hablar de parte de Dios y conocer sus planes secretos. De nada me sirve que mi confianza en Dios me haga mover montañas. Si no tengo amor, de nada me sirve darles a los pobres todo lo que tengo. De nada me sirve dedicarme en cuerpo y alma a ayudar a los demás. El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable. El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie. No es orgulloso. No es grosero ni egoísta. No se enoja por cualquier cosa. No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho. No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad. El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo. Sólo el amor vive para siempre. Llegará el día en que ya nadie hable de parte de Dios, ni se hable en idiomas extraños, ni sea necesario conocer los planes secretos de Dios. Las profecías, y todo lo que ahora conocemos, es imperfecto. 10 Cuando llegue lo que es perfecto, todo lo demás se acabará. 11 Alguna vez fui niño. Y mi modo de hablar, mi modo de entender las cosas, y mi manera de pensar eran los de un niño. Pero ahora soy una persona adulta, y todo eso lo he dejado atrás. 12 Ahora conocemos a Dios de manera no muy clara, como cuando vemos nuestra imagen reflejada en un espejo a oscuras. Pero, cuando todo sea perfecto, veremos a Dios cara a cara. Ahora lo conozco de manera imperfecta; pero cuando todo sea perfecto, podré conocerlo como él me conoce a mí. 13 Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.

 

Hablar de amor es un tema extenso, es muchas veces incomprensible y en otras parece tan solo un cuento de hadas. Solía pensar que el amor no era real, que era tan solo el resultado de un proceso bioquímico en el cuerpo humano, que en la vida las relaciones humanas y los actos eran tan solo la consecuencia de decisiones lógicas y racionales. ¡Cuán equivocada estaba! Pude entender mi error cuando conocí verdaderamente a Cristo, bueno, conocerlo de la manera en la que lo describe Pablo, y aun así fue espectacular.

 

La única forma de comprender o intentar comprender el amor es llegar a entender qué/quién es amor. La Biblia nos dice en 1 Juan 4:7-9 que Dios es amor, y que la muestra de su amor hacia nosotros fue dar a su único hijo. ¿Pueden imaginar eso? Muchos de nosotros no podemos ni desprendernos de cosas materiales, si un extraño nos pidiera un órgano posiblemente diríamos que ¡NO! ¿Podría alguno de nosotros considerar dar la vida de quien más amamos por salvar a un pecador?

 

Nuestra mente humana, sin Cristo, sin el Espíritu Santo, jamás alcanzará a entender, un poco al menos, de lo que significa amar. Me encanta este capítulo, porque demuestra lo que es el amor, incomprensible pero maravilloso. Si alguien me preguntase ahora qué es el éxito para mí, puedo decir que es aprender a amar de verdad, como Cristo lo hizo.

 

Nada nos sirve en la vida – casas, carros, dinero, ropa, reconocimientos, títulos, conocimiento, viajes, experiencias, fans…- si no hemos aprendido a amar. Muchos no experimentan el reto que es aprender a amar hasta que no han tenido que atravesar una situación que prueba su “amor”. Con esto no me refiero solo a las relaciones de pareja, sino a las relaciones humanas. Cuando nos llenamos de Dios aprendemos a desprendernos de todo, aprendemos que luchar por quienes no conoces y aun así amas, ¡eso es amor!, que mantenerte a lado de alguien (quien sea) mientras tú o esa persona están atravesando por una verdadera prueba, ¡eso es amor!, que dar de lo que es tuyo y no de lo que sobra, ¡eso es amor!, que los actos desinteresados (basados en el amor al prójimo y no por cumplir) por quienes no “merecen” nada, significan haber comprendido que existe algo más grande que uno mismo.

 

El amor no es una reacción química, no es un sentimiento que crece en lo profundo, no es un flechazo a primera vista, no son buenas obras. El amor es Dios, y el amor viene de una decisión, la decisión de amarnos como Él nos amó primero, porque aunque “nadie ha visto nunca a Dios; pero, si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y también su amor estará en nosotros” (1 Juan 4:12).

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