Buscándolo aunque está en todo lado, ¿Dios se mudó?

Recuerdo que de chico era sagrado el ir a visitarles a mi abuelita y tías solteras a su casa. Toda la familia nos juntábamos ahí para el ‘cafecito’ y la chacota. Muy rara vez las veía fuera de esa casa, salvo alguna celebración especial en casa de otro tío o en donde mis papás.  La tradición religiosa nos enseñaba que Dios habitaba en la iglesia y/o misa (llámese ese lugar donde hay bancas incómodas, almohadita para hincarse, cuadros de las “14 estaciones” y un curita gordito), al menos yo lo tenía mentalizado así. La Casa del Señor es… su casa, como la de mis tías. No se me podía ocurrir que Dios estuviera en mi colegio, o en el cine, en el auto (aunque ya leía que Dios era el “copiloto” de algunos), en la casa de mi pana, o incluso en mi casa. Era casi un “Dios solo me ve cuando voy a la misa”. Lo cierto es que crecí con esta creencia hasta que varios años después, cuando el Señor me llamó a sus caminos, escuchaba mucho sobre la “presencia de Dios” y su omnipresencia, que no tiene nada que ver con la presencia de “ovnis”. Entender y asimilar que Dios está en todo lado sigue siendo algo que para muchos cristianos no es tarea fácil. Comprender que la adoración no es solo el cantar, sino buscar agradarle a Dios con toda acción y pensamiento, y en todo momento, nos permite honrarlo y así amarlo con toda nuestra alma, corazón, mente y fuerzas. Pero si Dios está en todo lado, ¿cómo es eso de “buscar” de su presencia?

 

La presencia de Dios es evidente en el monte Horeb, como narra el libro de Éxodo, pero ¿y en la vida diaria? ¿Puede estar Dios presente y ser sentido? La descripción de los atributos de Dios nos dice que sí. Dios no solo está presente cuando buscamos estar delante de Él, sino que Dios está presente siempre. Cuando la Palabra habla de permanecer “quietos” delante del Señor y de que “calle la tierra”, es cuando reconocemos que calmándonos durante nuestro agitado día podemos reconocer la presencia del Señor. Vemos a Dios en las alegrías y penas, en los días soleados y cuando hay lluvia; en la celebración y en la angustia. Sea como sea, Dios espera que nos acordemos de Él, así que será bueno calmarnos y recordar siempre que estamos en la presencia del Señor.

 

Pero en nuestra relación con Dios, no siempre nos sentimos cercanos a Él, pues el nivel de adoración más profundo no es solo agradar a Dios en los buenos momentos, sino hacerlo a pesar de los momentos de dolor; agradecer a Dios durante una prueba, confiar en que nos librará durante la tentación, aceptar el sufrimiento, y amarlo aunque parezca distante, irónicamente.

 

 “En cualquier relación hay momentos de intimidad y momentos de distanciamiento, y en la relación con Dios, no importa lo íntima que sea, el péndulo también se moverá de un lado a otro.”

-Philip Yancey

 

Dios ha prometido: “Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5), pero Dios no nos promete: “Siempre sentirás mi presencia”. En efecto, parece que a veces oculta su rostro de nosotros, y eso es una parte normal de la prueba y la maduración de nuestra espiritualidad y de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos, y con los demás. Todos los cristianos atravesamos esta situación, por lo general varias veces, siendo dolorosa y desconcertante, pero es absolutamente vital para el desarrollo de la fe y el carácter.

 

Avanzamos para comprender que la omnipresencia de Dios y la manifestación de su presencia son dos cosas distintas. Una, es un hecho; la otra, es un sentir. Dios está siempre presente, como hablábamos en un inicio, aunque no estemos conscientes de Él. Su presencia es demasiado profunda para medirla con meras emociones. Dios quiere que, para que sintamos su presencia, lo Adoremos, buscando agradarlo en todo.

 

“Porque el Señor se complace en su pueblo…”. Salmo 149:4 (NVI)

 

Entender nuestra necesidad por la presencia de Dios nos dirige a este principio tan importante de la adoración: Dios manifiesta su presencia cuando le adoramos.

 

Dios establece su Trono en medio de un pueblo adorador. El viene a reinar en medio de la adoración, su Reino se manifiesta y se extiende en nuestras vidas y a través de nuestras vidas cuando le adoramos. Hemos visto a la gente entregarse a Cristo y ser sanada en medio de la adoración. Como digo, Dios establece su Trono en medio de un pueblo adorador, y su trono es un trono de gracia (Hebreos 4:16). Por eso la gracia y la misericordia fluyen cuando lo adoramos. Ya lo dice Santiago que cuando nos acercamos a Él en adoración, Dios se acercará a nosotros  (Santiago 4.8), y al manifestar su presencia da a conocer su amor y misericordia.

 

Volvamos nuevamente a lo anterior: Jesús señala que la adoración es una de las características particulares del pueblo de Dios, y que la verdadera adoración combina los elementos “espíritu y verdad”. En su conversación con la mujer samaritana en Juan 4, Jesús intenta hablarle acerca de la necesidad más profunda de su vida y mostrarse como la fuente de aguas vivas. En medio de esta conversación, la mujer pregunta a Jesús acerca del lugar correcto para la adoración. Jesús contesta enfatizando la manera en que debemos adorar más allá del lugar (un templo). Entonces entendemos que al estar Dios en todas partes (omnipresencia), Dios ve nuestro diario movimiento, y sabiendo esto, debemos honrar su presencia con cada cosa que hagamos. Si logramos entonces agradarlo en cada cosa que hacemos y con nuestro estilo de vida, entonces lo adoramos.

 

La adoración que satisface a Dios es el corazón totalmente entregado a él, que busque agradarlo en todo y en todo tiempo.  A esa persona, Dios dará su presencia, su poder y autoridad para usar su nombre. Él está en todo lado, y cuando lo adoramos, está también en nuestro corazón.

Que no se nos olvide que, gracias a Jesucristo, Dios ya se mudó del templo de piedra al de carne. Está en ti y en mí, y para sentirlo, tienes que adorarlo.

 

…Por cierto, mi abuelita y algunas de mis tías ya no están, pero están en mi mente.

Esteban Jiménez López para Cristianos Fm

One Comments

  • Pastor Davicho

    5/11/2016

    Excelente reflexión reverendo!

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